lunes, 9 de octubre de 2017

El Buda de Junín




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La suerte no es para todos. Lo ha dicho en la televisión un hombre con acento español, justo después de contar la noticia de una mujer que ganó por segunda vez en su vida el premio gordo de la lotería.


La suerte no es para todos, se repitió Helena en voz baja, y casi sin mover los labios, mientras acomodaba minuciosamente la carpetita de crochet que adorna su televisor. Imaginó la vida después de ganar la lotería. Hizo cuentas y pagó deudas en su mente. Compró una casa grande, viajó a conocer el mar y repartió dinero entre sus hijos. Compró un peluche del tamaño de una lavadora para su nieta y mandó cajas llenas de regalos para sus hermanas que viven tan lejos. ¡Qué suerte tiene esa española! ¿Dos loterías? Cuando se ha tenido poco es difícil imaginar cómo gastar tanto dinero.


Helena apagó el televisor y caminó hasta la mesa de la cocina. Abrió su cuaderno de hojas dobladas y revisó los números que tenía ahí anotados. Se puso las gafas y mojó uno de sus dedos con la lengua para ayudarse a pasar las hojas. Ocho cuarenta y dos, nueve veintisiete, tres sesenta y tres, —un número bonito, pensó—, ocho cincuenta y uno, cuatro veintidós. Hizo las cuentas que sólo ella entiende y anotó en un papelito: cero sesenta y siete. Era un número de viernes.


Desde niña Helena sueña con tener su propio dinero. Una familia campesina con ocho hermanos, ella en el medio, nunca fue lugar para tener algo suyo. Ropa usada, zapatos andados y juguetes gastados por otros. Libros que ya habían sido rayados y arrugados por los más grandes y la decisión, que no fue tomada por ella, de ir a la escuela sólo hasta quinto de primaria. De su sueño de ser enfermera no había quedado nada, aunque pasó muchos días de su adolescencia en el hospital del pueblo, junto a las enfermeras, mirando cómo se hacía una sutura, cómo se lavaba una herida, cómo se ponía una inyección.


A los dieciséis se enamoró de un músico que llegó al pueblo. Nunca había visto nada igual, nunca volvió a sentir nada igual. Él venía de la costa y le contó cómo eran las noches al lado del mar. Le habló de la brisa y esa sensación de inmensidad cuando parece que al fondo, muy lejos, se juntan la tierra y el cielo. De las estrellas fugaces, de los barcos que se demoran meses para llegar al puerto, de los peces que pueden traer números marcados en sus escamas.


Fue una semana la que pasó Jacinto en el pueblo. La mejor semana en la vida de Helena, piensa cuarenta años después. El miedo la hizo rechazar la propuesta de irse juntos de correría, pasar las fiestas de agosto en San Bernardo, el pueblo de Jacinto, ser su compañera de viaje y pasar muchos días junto al mar. Pero ir de fiesta en fiesta no era la idea que ella tenía para su vida. Tentó la suerte por primera vez: si Jacinto regresaba el año siguiente, aceptaría el destino y se iría con él para siempre.


Pero a sus 56 Helena está casada con José. Un tipo trabajador, más bien callado, al que conoció en la época en que él manejaba un camión. El día que se casaron hubo bendición y una fiesta corta porque al otro día madrugaban para la ciudad, donde los esperaba la casa en la que viven hace más de treinta años. Tres habitaciones, una cocina, un baño y un solar, lo suficiente para una familia a la que se sumaron tres hijos y luego una nieta, hija de Patricia, la mayor, que nunca estudió ni se casó.


En la casa de Helena todos hablan poco. Pasan en la calle todo el tiempo que pueden y comen frente al televisor. José sale a las seis de la mañana para el trabajo y regresa a las diez de la noche. Come y se duerme. Si Helena necesita decirle algo, le deja una nota debajo del tarro del café: “me hacen falta unos zapatos nuevos”. La respuesta, junto al dinero para comprar el mercadito diario, son treinta mil pesos más, que Helena encuentra al levantarse.


Han sido años de notas en esa repisa de tarritos alineados, todos iguales, de plástico rojo y tapa blanca. Al principio había palabras de regreso, a veces hasta algún te quiero. Con el paso del tiempo, sólo fue quedando un monólogo escrito en pedacitos de papel recortados de un cuaderno de hojas rayadas. Se acabó el aceite, pidieron una cuota extra en el colegio, hay que comprar los traídos del Niño Dios.


Helena ya no recuerda cuándo fue la primera vez que jugó un chance, una de esas pequeñas apuestas que se juegan por las loterías diarias. Tal vez fue cuando José la hizo esperar casi un mes para dejar junto al tarro del café la plata que necesitaba para comprarse unas gafas nuevas. Lo que sabe, con certeza, es que todos los días le quita mil pesos a la compra para hacer su apuesta. Con el chance hay más posibilidades aunque los premios sean más pequeños. La lotería, dicen, es un juego imposible.


Desde entonces empezó a buscar los números. Comenzó jugando las fechas de nacimiento de sus hijos, el día de la Virgen del Carmen, la placa del primer carro que viera en la mañana, el año en que Jacinto pasó por su pueblo. A sus combinaciones personales empezó a sumar las que recomendaban los expertos como el Hermano Peter, facultado por los dones de Dios para sanar, retirar enemigos, componer la suerte y solucionar problemas, según dice la voz oficial de su programa radial de todas las tardes.


Aprendió a hacer cálculos y a reconocer los números más indicados según los signos zodiacales. Empezó a anotarlo todo en un cuaderno que se fue llenando de números, los que han caído y los que quizás caerán. Supo, por ejemplo, que el dieciocho cuarenta y cinco, el doce doce, el diecinueve cuarenta y cinco, son llamados los números del pueblo y por eso nunca los juega. Se hizo experta y muchos de sus conocidos empezaron a consultarle qué número jugar. Comenzó a recomendar combinaciones ganadoras, a jugar todos los días, varios números, varias veces al día.


Pero Helena nunca ha ganado, le ha pasado algo siempre que ha tenido el número ganador, como el día que no alcanzó a jugar porque la misa fue más larga de lo habitual, o como el día que estaba lejos de su casa y llamó a la vendedora del chance —Gloria, su amiga, la de confianza— y le dictó varios números para que le jugara. Pasada la hora buscó los resultados: ocho cincuenta y uno era el ganador. ¡Por fin! Estaba en la lista de los dictados. Había apostado una buena cifra y el premio era grande. Llamó a su amiga para confirmar y celebrar, pero al otro lado del teléfono estaba la suerte otra vez esquiva: “Helena, ese número no lo jugaste”. Por eso no le gusta jugar el chance cuando Gloria está ocupada. No se concentra. Esta vez jugó todos los números dictados menos el ganador.


Era viernes y Helena tenía en la mano el papelito con el cero sesenta y siete anotado con tinta azul. Revisó que las ventanas estuvieran cerradas, tapó las ollas, apagó la vela dorada junto a Lakhsmi, la diosa de la fortuna. Salió de la casa, cerró la puerta, se dio la bendición y caminó las cuatro cuadras empinadas que andaba todos los días para jugar el chance. Decidió jugar esta vez en el centro y mientras esperaba el bus imaginó de nuevo qué haría si por fin se ganara el premio que ha buscado durante tanto tiempo. Conocer el mar, ese era el único plan. Se subió al bus y se sentó junto a la ventana. ¿Por qué no dejarlo todo? Los hijos ya están grandes y José podría arreglárselas solo. ¿Por qué no pensar en hacer, por fin, algo por ella y para ella? Podría irse al terminal, tomar un bus hacia San Bernardo, buscar un trabajo allá, pasar las tardes mirando el mar. Podría escribir una carta para su familia y mandarla desde allá. ¿Por qué no?


Se bajó del bus en la calle de siempre. Miró las mismas vitrinas, los mismos maniquíes, la misma ropa colorida. Paró a ver unos zapatos, preguntó por ellos, cincuenta mil pesos. Siguió caminando y dos almacenes más allá encontró algo que nunca había visto: una urna de vidrio con una imagen adentro. “El Buda de Junín”, decía en un cartel escrito a mano. Era un Buda dorado, brillante, muy sonriente, sentado, como flotando, sobre una nube de billetes. “A cambio de un billete de dos mil pesos, Buda le da el número ganador”. No había nada que perder. Helena buscó en la bolsita negra que llevaba en la mano, sacó un billete, lo enrolló y lo metió en la urna. El representante de Buda, un señor vestido con una camisa blanca y una cadena dorada, le entregó un sobre pequeñito. Dentro de él había un número de cuatro cifras: cero, cero, seis, siete. De matemáticas sabía poco, pero había oído siempre la expresión del cero a la izquierda. Ella, incluso, muchas veces se sintió así.


Buscó entonces una oficina de apuestas que estuviera cerca y allá, donde nadie la conocía, jugó el mismo número que llevaba anotado en su papelito, con el cero a la izquierda que le agregó el Buda de Junín. Con los números de cuatro cifras, si se juega directo, es decir, en un solo orden, un chance paga cuatro mil quinientos pesos por cada peso apostado. La probabilidad: una entre diez mil. Helena prefería los números de tres cifras, pero este viernes era diferente. Jugó cuatro mil pesos a un número de cuatro cifras.


Se quedó en el centro hasta que fuera la hora de jugar la Lotería. Caminó entre almacenes y entró a una cafetería. Pidió una hoja y un lapicero y se sentó a escribir la carta que le enviaría a su familia si se ganaba el chance. Empezó por decirles que los quería. Luego les pidió que no la interpretaran mal y les explicó que no se iba por falta de amor, sino por el deseo de cumplir un viejo sueño. Les habló de la suerte y lo que decía el Hermano Peter sobre el dinero: que si llega es para disfrutar la vida, para gastárselo, para conocer nuevos lugares. Les pidió que no la esperaran, no dijo nada sobre su regreso y, por último, les escribió una pequeña bendición.


Cuando iba llegando la hora del sorteo se fue al edificio de la Lotería. Allá hay una ventana grande y la gente se asoma para mirar. Algunos con la esperanza de ganar, otros simplemente con la curiosidad de ver los números ganadores. Luces y cámaras de televisión, una presentadora flaca y bien maquillada, cinco columnas de madera y sobre cada una de ellas un globo de cristal lleno de balotas blancas. La suerte no es para todos, recordó Helena las palabras del español.


Helena tenía tres papelitos en la mano izquierda: el que escribió en su casa, el que recibió del Buda y el comprobante que le dieron en la oficina de apuestas. “Buenas noches apreciado público apostador, bienvenidos al sorteo cuarenta y tres cincuenta y ocho de su Lotería Ganadora—dice la presentadora mirando a la cámara—. En presencia de las autoridades empezamos el sorteo del premio mayor. Todas las balotas que juegan esta noche han sido previamente pesadas y verificadas”. Con la frente pegada al vidrio y la mano manchada por la tinta azul, Helena vio desde el andén el momento en que las balotas empezaron a saltar en las tómbolas de cristal. “Mucha atención que el número ganador es el cero, cero, seis, siete de la serie ciento ochenta y tres. Repito, el número ganador del premio mayor es el cero, cero, seis, siete de la serie ciento ochenta y tres”, dijo la mujer flaca y bien maquillada.


Algunos aplaudieron, todos se fueron, pero Helena estaba allí, sentada en un andén del centro de la ciudad, con el número ganador, por fin, el número ganador. Estuvo en silencio un rato largo, sintió ganas de llorar, pero se contuvo. El triunfo era una sensación desconocida para ella. ¿Qué hace la gente cuando gana? Miró de nuevo el papel del chance, cuadrado, blanco, ya arrugado, con esos números pequeñitos, tan difíciles de leer sin gafas. Preguntó la hora a un hombre que pasaba, tenía tiempo para reclamar su premio. Era de noche, no hacía frío ni calor, no tenía una maleta para irse de viaje ni un bolso para guardar el dinero que podía reclamar ya mismo. La suerte no es para todos, pensó por tercera vez en ese mismo día. Con la sensación de estar al fin en ese círculo selecto de los afortunados, Helena quiso que éste fuera, como había oído en la radio, el primer día del resto de su vida.


Sin pensarlo más, volvió a la oficina de apuestas de Junín y reclamó el dinero. Regresó donde su querido Buda, dorado y sonriente, enrolló un billete de veinte mil pesos y lo depositó en la urna. El almacén de zapatos estaba a punto de cerrar, pero alcanzó a comprarse los que había visto más temprano y, además, un par de sandalias. Tomó un taxi hacia el terminal de transportes. Buscó las taquillas que ofrecían viajes hacia la costa y preguntó cómo llegar a San Bernardo. Sería un viaje largo y, además, tendría que esperar dos horas hasta que saliera el próximo bus. No hay afán para quien lleva toda la vida esperando.


Helena se sentó en una cafetería de sillas anaranjadas. Pidió un café con leche y le puso dos cucharadas de azúcar. Recordó el día que llegó con José después del matrimonio. Estaba cansada, despeinada, pero contenta ser ahora una señora, una señora de diecisiete años. Tal vez ese día quería también que fuera el primer día del resto de su vida. Pensó en esa frase y su sentido, le pareció que era tonta pero ya no importaba. Estaba sola, tenía dinero en el bolsillo, un tiquete de bus que la llevaría a conocer el mar y una carta para su familia. Sacó la carta, la leyó, quiso volver a escribirla, decir algo mejor, pero ella escribía despacio y no tendría tiempo de terminarla antes de que fuera la hora de subirse al bus.


Era el momento de abordar. Helena, parada frente a la salida hacia los buses con un pasaje para San Bernardo, se vio por un momento regresando a su casa, en silencio, anotando en su cuaderno el número del día, prendiendo el fogón para calentar la comida de José.  



Octubre 16 de 2015

jueves, 4 de mayo de 2017

Una promesa muerta



Si a los veintinueve no has escrito algo que valga la pena, empiezas a ser una promesa muerta. Esa fue la frase que martilló en mi cabeza un profesor de Literatura, y que recuerdo cada vez que pienso en las personas que siguen esperando al escritor que aún no soy.

Voy en el metro, de pie, mirando a veces por la ventana. Una señora gordita busca algo en el fondo de su cartera. Un señor de corbata mira el tatuaje de una chica que tiene al frente. Una niña de trenzas despeinadas intenta sostenerse sin agarrarse de nada. Pienso por un momento en mi sobrina y la imagino con su sombrero grande y sus cachetes colorados, intentando hacer un castillo en la arena y corriendo para que las olas no la alcancen. Me pregunto si habrá extrañado a su pez, que está ahora en mi casa mientras terminan las vacaciones.

Decido bajarme en el centro. Allí la vida hierve, dicen. Compro un mango con sal. Me siento en la banca de un parque. Veo dos perros jugando, un vendedor de minutos que se hace el que no oye la conversación de su cliente, un taxista que pita en el semáforo, una mujer que llena una sopa de letras con un resaltador naranja.

Camino un poco y entro a una iglesia. Una mujer susurra el rosario ante la imagen de la Virgen del Carmen y un señor mayor, con un periódico enrollado entre sus manos, agacha la cabeza como queriendo esconder lo mojado de sus ojos. Pienso cuándo fue la última vez que lloré y me pregunto qué queda de aquel llanto. Soy un intruso en medio de tanto silencio.

Camino dos calles más y me encuentro un grupo de “harekrishnas” que lo inundan todo con su olor, sus campanas y sus mantas de color durazno. Una señora se abre paso entre ellos, caminando rápido con una radiografía en la mano. Un adolescente los mira mientras le pone guacamole a una empanada y a su lado una chica de uniforme sonríe mirando la pantalla de su celular. Han pasado dos horas y mi libreta sigue en el bolsillo. Empiezo a ser una promesa muerta.


Regreso a casa, abro la nevera, saco la olla del arroz y las gotas para los ojos. Prendo la luz de la sala y lo encuentro allí, tan pesado como nunca imaginé que podría ser, tan pálido, tumbado sobre las piedras de colores de su pecera diminuta. Me quedo mirándolo un rato. De camino al baño me detengo. Naranjito merece un funeral. Lo llevo de nuevo a la mesa donde permaneció los últimos seis días y decido que mañana lo pondré entre la tierra del cactus que está en el balcón.

Recuerdo a la niña que trataba de sostenerse en el metro, a la mujer del resaltador naranja, al señor con sus lágrimas y su periódico enrollado. Pienso en los días que pasan sin siquiera avisarnos que seguimos vivos. Miro la pecera, me detengo a ver el agua que ya no es transparente. Imagino cómo sería morir solo en mi pequeña bomba de cristal. Busco un lápiz que no tenga la punta redonda y la libreta que aún permanece en mi bolsillo. En la primera página, despacio, escribo: Un pececito ha muerto y tú aún no lo sabes. Afuera una mujer camina por el andén, jalada por su perro, y un niño cruza la calle sin mirar a los dos lados.

Febrero 13 de 2017

martes, 31 de enero de 2017

Un niño es el mundo entero

Mis abuelos nacieron en Siria. Llegaron a Colombia después de un viaje largo. Tan largo como atravesar en barco el Atlántico entero, después de haber cruzado también el Mediterráneo. No sabría decir cuántas personas venían en ese barco, pero sé, por ejemplo, que si alguien moría en el trayecto algo no tan improbable en épocas de pestes debía ser arrojado al mar por el riesgo obvio que implicaba transportar un cadáver sin las condiciones indicadas.

Pero mis abuelos no murieron cruzando el océano y llegaron a Colombia en 1923. Se llamaban Chamsi, ella, y Tufic, él, y salieron de Siria buscando abandonar la pobreza que había dejado la guerra. Huían también del miedo: no era una vida fácil para una familia de católicos ortodoxos en un país de mayoría musulmana.

Una vez pisaron América, se embarcaron de nuevo por el río Magdalena hasta llegar a Cartago, un pueblo ubicado en el interior, al occidente de Colombia, que prometía prosperidad y un clima agradable para los venidos de afuera. Allí no eran los únicos. Ya los esperaban algunos familiares que se habían adelantado en la travesía, junto a otros sirios y libaneses, pocos, que ya formaban algo parecido a una colonia.

En Cartago en Colombia hicieron una vida. Una casa con solar, un almacén de telas, una máquina de coser, un idioma diferente, siete hijos colombianos y los nuevos amigos que poco a poco se fueron haciendo más amigos. De esos del alma, de los que aparecen en las fotos, de los que todavía se recuerdan aunque los abuelos ya no vivan.

La historia podría ser más larga, con detalles. Podría contar cómo fue el viaje, cómo se adaptaron, cómo cambiaron sus nombres para que los colombianos pudieran pronunciarlos. Podría contar cómo mi abuelo seguía escribiendo poemas en su idioma e intercambiaba sus escritos con los de un sirio ciego, que usaba una pequeña regla para ir enrollando el papel y no perder las líneas, pero no voy a hacerlo.

Lo que voy a decir es que mis abuelos y las personas que venían con ellos no se hundieron en un barco en la mitad de su intento por darle dignidad a sus vidas. No encontraron mallas ni muros ni hombres armados que les impidieran el paso. No murieron encerrados en un camión. No fueron expulsados ni humillados. Ellos, salidos de la misma Siria que hoy sigue siendo destruida, no conocieron el horror que ahora encierra la palabra frontera. Porvenir era lo único que traían en su viaje.


Un niño es el mundo entero, dice el titular que acompaña una de las imágenes que más me ha sacudido en la vida: un niño muerto al lado del mar. Un niño sirio muerto al lado del mar, encallado, después de naufragar. Cómo no pensar, después de verlo, que yo también soy hija de la migración. Cómo no pensar, después de verlo, que el mundo entero es hijo de las migraciones. Cómo no pensar, después de verlo, que sí, que un niño es el mundo entero.

*Escrito el 4 de septiembre de 2015
Ilustración: Lina Rada

Carlos

Cuando te encuentras con Carlos ves en sus ojos la alegría. La mirada sincera de un papá orgulloso de su hijo. La sonrisa limpia de un hombre satisfecho con la vida.

Carlos es el papá de un chico de veinte años que en su adolescencia decidió tener un nuevo nombre, una vida con la que pudiera ser él mismo, sin imposiciones, sin miedos, sin la tristeza de verse en el espejo como a un extraño. 

Este chico, que al nacer fue bautizado con nombre de mujer, se llama Isaac. Siempre ha sido un hombre aunque su cuerpo dijera lo contrario, y pasó años sin comprender eso que disonaba entre sus emociones. Al entenderlo tuvo miedo. Transgénero era una palabra desconocida y larga para definirse a sí mismo. Y, además, en una sociedad que rechaza lo “distinto”, su condición sería un motivo más para juzgar y señalar.

Pero el amor fue su protección. En el abrazo sereno de Carlos, su padre, Isaac encontró el impulso para reconocerse y la compañía para hablarle al mundo. Juntos salieron del clóset, se hicieron más fuertes, se rieron de la humanidad y sus prejuicios. 

Desde entonces Carlos tiene siempre algo que decirle a otros padres: no existe razón, ninguna, para rechazar a un hijo, para dejarlo solo.

* Publicado en "Tú también has visto volar mariposas", libro de relatos de noviolencia, del proyecto Mayo por la Vida de la Alcaldía de Medellín. 2015. 
Ilustración: Mónica Betancourt
Diagramación: Carolina Salazar

Fabiola


En ese canto fino del sirirí escuchas aguda su insistencia. 
Es el mismo canto que repite siempre, como sin cansarse de llamar, como esperando al otro que ya viene, marcándole el camino de regreso.

Oyes cantar al sirirí y te preguntas entonces a quién llama. Quisieras saber si su canto llega a tiempo, si al otro lado del sonido alguien reconoce su voz.

Desde niña, Fabiola ha sido como un sirirí. Eso le decía su padre al escuchar su insistente por qué. Nunca renunció a encontrar una respuesta, como no lo hizo tampoco ante el Estado, cuando en 1984 comenzó a esperar el regreso truncado de su hijo. A falta de despedida, quedó en ella sólo una plegaria eterna en busca de certezas. 

¿Qué sentirá la mamá de un muchacho desaparecido? Le había dicho alguna vez Fabiola a Luis Eduardo. Y al comprender que ya no llegaría el abrazo del encuentro, decidió entonces que en su vida no habría tiempo para el olvido.

Fabiola ha gastado tantos años buscando justicia por su hijo, que ahora no quiere recordar cuántos ha vivido. Pero la suya sigue siendo la voz de la firmeza, de la resistencia, del amor de una madre que no abandona. La voz del sirirí que no se apaga.

Oyes cantar al sirirí y te preguntas cómo cabe tanta fuerza en ese pecho pequeñito. 

Oyes la voz de Fabiola y te preguntas cómo, en ese corazón tal vez cansado, cabe tanto amor que no se rinde. 

* Publicado en el libro "Tú también has visto volar mariposas", del proyecto Mayo por la Vida de la Alcaldía de Medellín.
Ilustración: Mónica Betancourt
Diagramación: Carolina Salazar

El amor que sí se puede nombrar

El día que Hunter y César se casaron los dos llevaban puesta una chaqueta blanca y un pantalón negro. Hunter tenía una camisa azul clara con corbata del mismo color y César una camisa rosa con un corbatín de cuadros. Los dos se veían sonrientes, tomados de la mano, como celebran su compromiso con el amor acompañados por sus familias y sus amigos. Lo sé porque vi una fotografía de ese día. De su vida personal no me atreví a preguntar nada en la conversación con Hunter Thompson Carter, tal vez porque me faltó tiempo, o tal vez porque no me sentí con derecho a hurgar en la privacidad de un hombre que ha hecho tanto por proteger los derechos de las personas que buscan dejar de ser juzgadas, precisamente, por sus elecciones íntimas y personales.

Hunter T. Carter en Medellín en la Cumbre Internacional de la Noviolencia, Mayo por la Vida, 2015.
Hunter T. Carter es abogado comercial corporativo, es estadounidense y, además de ser socio de un prestigioso bufete de abogados en su país, hace parte de una organización internacional que busca impulsar y respaldar entidades sin ánimo de lucro que, a través de la vinculación de abogados voluntarios, lleva de manera gratuita casos relacionados con temas como los derechos de las mujeres, la protección del medio ambiente o, como en su caso particular, los derechos de la comunidad LGTBI. Hablar de su trabajo es, inevitablemente, hablar de su vida personal. Él es un hombre casado con un hombre.

Por estos días Carter está en Medellín para participar en dos eventos de la iniciativa ciudadana Mayo por la Vida: el conversatorio Derechos para Todos y la Cumbre Internacional de la Noviolencia. Su relación con la ciudad es estrecha. César, su esposo, el menor entre diez hermanos hombres, nació en Medellín y es allí donde vive toda su familia. Carter, entonces, se define como un familiar, vecino, inversionista y participante de la cultura paisa y colombiana. Él, que también se preocupa por comprender asuntos locales como la desigualdad social y las conversaciones de paz en La Habana, dice que, a pesar de todo lo que falta, Colombia ha logrado en muy poco tiempo avanzar en la garantía de derechos para la población homosexual.

“¿Cómo es posible que el Estado tenga el poder de anular una elección perfectamente legítima basada en el amor?, es una de las pregunta con que argumenta su defensa del matrimonio igualitario. Así lo hizo en marzo de 2013 en el Senado de la República de Colombia, cuando se discutió el proyecto de ley que buscaba reconocer el matrimonio civil a las parejas del mismo sexo y que luego fue derrotado con 51 votos en contra y 17 a favor, con la inasistencia de 24 senadores. A través del movimiento para el matrimonio igualitario hemos visto en la comunidad LGTBI uno de los cambios sociales más grandes del mundo. Hemos logrado en poco tiempo el rechazo a un tabú bien duradero, a través de los medios noviolentos: conversación, debate, amor, racionalismo, participación en tribunales, aplicación de normas según el estado de derecho, dice Hunter T. Carter. 

¿Por qué tenemos tanto miedo como sociedad para aceptar lo que nos parece diferente?

La pregunta es más difícil: ¿por qué tenemos tanto miedo? Punto. Hay miedo por muchas razones. No soy sicólogo, tampoco puedo imaginar una respuesta informada respecto a eso, pero mi perspectiva personal es que sí hay mucho miedo y la única, única, única solución al miedo es el amor. Creo que nuestro lindísimo potencial como comunidad homosexual de participar en la sociedad es que lo que nos define es el amor, la forma como amamos. Es que amamos a pesar de los retos más difíciles, las barreras más grandes y duraderas. Como comunidad gay, hemos dicho que sí se puede. Se puede enfrentar con confianza, dignidad y autoestima a un juez escéptico, a un senador escéptico, a una mamá, a un vecino. Y con muchísimas conversaciones de manera descentralizada, con cada uno trabajando en su propio campo, hemos podido llegar a donde estamos, hemos visto un cambio social tan grande insistiendo en nuestra autoestima y autodignidad, a través del diálogo y siempre con la confianza de que nuestro amor merece el título amor.

En Colombia el panorama aún es difícil para la comunidad homosexual. Hace poco una encuesta indicó que el 60% de la población rechaza el matrimonio igualitario. ¿Cuál es su percepción personal sobre el tema en este país?

Este es un país paradójico, tal vez irónico. Hay mucho rechazo, es absolutamente seguro, hay gente que muere, gente que sufre bullying. Quiero enfatizar y mencionar el nombre de Sergio Urrego, que es un caso emblemático, no único pero sí emblemático. A él, por amar a otro chico, su primer amor, que es la cosa más bella en el mundo, lo castigaron y persiguieron, incluso su propios profes, hasta que le faltó la esperanza para continuar viviendo. Un chico. Imposible eso. Pero digo que es un país irónico porque a pesar de estos problemas también veo mucho para ser optimista. El rechazo está bajando tan rápido que hace dos años era casi imposible conseguir el apoyo de un grupo de abogados para entregar un informe a la Corte Constitucional. Ahora estoy participando con los esfuerzos coordinados por Colombia Diversa y su director ejecutivo, mi amigo Mauricio Albarracín, que trabaja con tanta confianza y dedicación, que ahora están vinculados casi todos los estudios grandes de abogados del país. Estamos en una etapa de conseguir firmas de apoyo de empleadores que tienen compromiso con el pacto global que exige el principio básico de la no discriminación, para entregar un informe a la Corte Constitucional por su debate actual. Así veo que éste es un país que está cambiando rápidamente.

¿Qué le hace falta en Colombia a la Comunidad LGTBI para ser más fuerte?

Es duro criticar a la comunidad gay en Colombia porque los admiro mucho. Están trabajando en un entorno difícil, en un país con problemas tan grandes como la violencia. Es también un país que por muchos años creo que ha tenido un cierto don´t ask, don´t tell (no preguntar, no decir) y tengo la experiencia de conocer a personas de alto rango social que, quienes los conocen, saben pero no preguntan sobre su orientación sexual. Los aceptan pero bajo limitaciones. Digo que admiro a la comunidad gay, no solamente a sus líderes, sino también a estas personas porque, sin salir del armario, han logrado un cierto nivel de convivencia. A mi juicio, objetivamente o en términos por perfeccionar, sería mejor que pudieran salir del armario, vivir como quieren hacerlo.

Para mejorar sólo digo que hay muchos ejemplos interesantes recientes como el de Irlanda el 22 de mayo se convirtió en el primer país del mundo en aprobar el matrimonio gay por votación popular. En este país, el más católico de Europa, todos los partidos políticos, de cualquier tamaño, están a favor y las encuestas dicen que dos terceras partes del país están a favor. Los activistas lo han logrado convenciendo a estrellas, actores, deportistas y otras personas que son líderes de opinión, pero mucho más a través de las conversaciones personales, las conversaciones pequeñas en las casas. Los colombianos tienen muchísimos ejemplos como Alabama, California, Sudáfrica, Argentina o el D.F., y por eso estoy acompañándolos y facilitando información y conversaciones entre la sociedad. Es importante conocer el marco jurídico si uno es un activista colombiano, porque del lado de los que se oponen al matrimonio igualitario no hay ninguna prueba pericial que tenga peso.

¿Qué falta en la comunidad heterosexual para avanzar en la comprensión de los derechos de la población homosexual?

La respuesta es muy corta: ayudar, ser aliados. Si tú amas a tu hermano, díselo. Si adivinas que está encerrado en su armario, dile que lo amas incondicionalmente. Si tú eres una profesora, por ejemplo,  y ves a un chico sufriendo, aunque no sepas o sólo adivinas la razón por la cual está sufriendo, dile con confianza, con amor, con una sonrisa, que todo mejora. Que, aunque no sienta eso ahora, hay miles de ejemplos que le pueden ayudar. Que tal vez podrá ser una estrella, un presidente, un senador, una profe, un sicólogo, un músico, un futbolista, entonces, aunque no le parezca ahora, todo va a mejorar.

Las personas fuera de la comunidad LGTBI, que son aliados o familiares, pueden participar diciendo yo apoyo. Si tú eres una mamá y temes que tienes que enfrentar este tema con tu hijo o hija, busca la información, es fácil. Porque la comunidad gay es muy pequeña. Ellos no pueden lograr sus objetivos sin aliados dedicados.

¿De dónde sale la motivación de un abogado exitoso, que podría dedicarse sólo a negocios privados, para trabajar en una causa pública, difícil, llena de oponentes poderosos?

“¡Cómo no hacerlo! Amo y soy amado. Es una condición deliciosa el amor. He visto que al final del túnel hay una luz y si hay personas a mi lado que todavía no la ven, cómo no decirles que hay luz. Para mi es natural. Debo agregar que he tenido muchos ejemplos morales en mi vida y una de las cosas que más me gusta de mi país, a pesar de sus muchos problemas, es que siempre estamos tratando de mejorar. El proyecto americano ha tenido, y espero que siga teniendo, como su objetivo, la plena realización de la libertad en la felicidad de las personas. Eso me ha impactado toda mi vida. Mi papá era muy patriótico, digamos, muy conservador, y murió hace un año pronunciando el nombre de mi esposo, despidiéndose de él, conociendo a mi esposo, conociéndolo. En eso veo nada menos que la felicidad total. Esa sensación debe uno compartirla. No hay alternativa.


No podría haber una respuesta más íntima y contundente. Nada más qué preguntar en esta conversación con Hunter Thompson Carter, quien estará este lunes 25 de mayo en el conversatorio Derechos para Todos de Mayo por la Vida, en la Cinemateca de la Biblioteca EPM en Medellín a las 4:30 p.m.

*Escrito en mayo de 2015 para el proyecto Mayo por la Vida de la Alcaldía de Medellín. 
Fotografía: Sergio González