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lunes, 9 de octubre de 2017

El Buda de Junín





La suerte no es para todos. Lo ha dicho en la televisión un hombre con acento español, justo después de contar la noticia de una mujer que ganó por segunda vez en su vida el premio gordo de la lotería.


La suerte no es para todos, se repitió Helena en voz baja, y casi sin mover los labios, mientras acomodaba minuciosamente la carpetita de crochet que adorna su televisor. Imaginó la vida después de ganar la lotería. Hizo cuentas y pagó deudas en su mente. Compró una casa grande, viajó a conocer el mar y repartió dinero entre sus hijos. Compró un peluche del tamaño de una lavadora para su nieta y mandó cajas llenas de regalos para sus hermanas que viven tan lejos. ¡Qué suerte tiene esa española! ¿Dos loterías? Cuando se ha tenido poco es difícil imaginar cómo gastar tanto dinero.


Helena apagó el televisor y caminó hasta la mesa de la cocina. Abrió su cuaderno de hojas dobladas y revisó los números que tenía ahí anotados. Se puso las gafas y mojó uno de sus dedos con la lengua para ayudarse a pasar las hojas. Ocho cuarenta y dos, nueve veintisiete, tres sesenta y tres, —un número bonito, pensó—, ocho cincuenta y uno, cuatro veintidós. Hizo las cuentas que sólo ella entiende y anotó en un papelito: cero sesenta y siete. Era un número de viernes.


Desde niña Helena sueña con tener su propio dinero. Una familia campesina con ocho hermanos, ella en el medio, nunca fue lugar para tener algo suyo. Ropa usada, zapatos andados y juguetes gastados por otros. Libros que ya habían sido rayados y arrugados por los más grandes y la decisión, que no fue tomada por ella, de ir a la escuela sólo hasta quinto de primaria. De su sueño de ser enfermera no había quedado nada, aunque pasó muchos días de su adolescencia en el hospital del pueblo, junto a las enfermeras, mirando cómo se hacía una sutura, cómo se lavaba una herida, cómo se ponía una inyección.


A los dieciséis se enamoró de un músico que llegó al pueblo. Nunca había visto nada igual, nunca volvió a sentir nada igual. Él venía de la costa y le contó cómo eran las noches al lado del mar. Le habló de la brisa y esa sensación de inmensidad cuando parece que al fondo, muy lejos, se juntan la tierra y el cielo. De las estrellas fugaces, de los barcos que se demoran meses para llegar al puerto, de los peces que pueden traer números marcados en sus escamas.


Fue una semana la que pasó Jacinto en el pueblo. La mejor semana en la vida de Helena, piensa cuarenta años después. El miedo la hizo rechazar la propuesta de irse juntos de correría, pasar las fiestas de agosto en San Bernardo, el pueblo de Jacinto, ser su compañera de viaje y pasar muchos días junto al mar. Pero ir de fiesta en fiesta no era la idea que ella tenía para su vida. Tentó la suerte por primera vez: si Jacinto regresaba el año siguiente, aceptaría el destino y se iría con él para siempre.


Pero a sus 56 Helena está casada con José. Un tipo trabajador, más bien callado, al que conoció en la época en que él manejaba un camión. El día que se casaron hubo bendición y una fiesta corta porque al otro día madrugaban para la ciudad, donde los esperaba la casa en la que viven hace más de treinta años. Tres habitaciones, una cocina, un baño y un solar, lo suficiente para una familia a la que se sumaron tres hijos y luego una nieta, hija de Patricia, la mayor, que nunca estudió ni se casó.


En la casa de Helena todos hablan poco. Pasan en la calle todo el tiempo que pueden y comen frente al televisor. José sale a las seis de la mañana para el trabajo y regresa a las diez de la noche. Come y se duerme. Si Helena necesita decirle algo, le deja una nota debajo del tarro del café: “me hacen falta unos zapatos nuevos”. La respuesta, junto al dinero para comprar el mercadito diario, son treinta mil pesos más, que Helena encuentra al levantarse.


Han sido años de notas en esa repisa de tarritos alineados, todos iguales, de plástico rojo y tapa blanca. Al principio había palabras de regreso, a veces hasta algún te quiero. Con el paso del tiempo, sólo fue quedando un monólogo escrito en pedacitos de papel recortados de un cuaderno de hojas rayadas. Se acabó el aceite, pidieron una cuota extra en el colegio, hay que comprar los traídos del Niño Dios.


Helena ya no recuerda cuándo fue la primera vez que jugó un chance, una de esas pequeñas apuestas que se juegan por las loterías diarias. Tal vez fue cuando José la hizo esperar casi un mes para dejar junto al tarro del café la plata que necesitaba para comprarse unas gafas nuevas. Lo que sabe, con certeza, es que todos los días le quita mil pesos a la compra para hacer su apuesta. Con el chance hay más posibilidades aunque los premios sean más pequeños. La lotería, dicen, es un juego imposible.


Desde entonces empezó a buscar los números. Comenzó jugando las fechas de nacimiento de sus hijos, el día de la Virgen del Carmen, la placa del primer carro que viera en la mañana, el año en que Jacinto pasó por su pueblo. A sus combinaciones personales empezó a sumar las que recomendaban los expertos como el Hermano Peter, facultado por los dones de Dios para sanar, retirar enemigos, componer la suerte y solucionar problemas, según dice la voz oficial de su programa radial de todas las tardes.


Aprendió a hacer cálculos y a reconocer los números más indicados según los signos zodiacales. Empezó a anotarlo todo en un cuaderno que se fue llenando de números, los que han caído y los que quizás caerán. Supo, por ejemplo, que el dieciocho cuarenta y cinco, el doce doce, el diecinueve cuarenta y cinco, son llamados los números del pueblo y por eso nunca los juega. Se hizo experta y muchos de sus conocidos empezaron a consultarle qué número jugar. Comenzó a recomendar combinaciones ganadoras, a jugar todos los días, varios números, varias veces al día.


Pero Helena nunca ha ganado, le ha pasado algo siempre que ha tenido el número ganador, como el día que no alcanzó a jugar porque la misa fue más larga de lo habitual, o como el día que estaba lejos de su casa y llamó a la vendedora del chance —Gloria, su amiga, la de confianza— y le dictó varios números para que le jugara. Pasada la hora buscó los resultados: ocho cincuenta y uno era el ganador. ¡Por fin! Estaba en la lista de los dictados. Había apostado una buena cifra y el premio era grande. Llamó a su amiga para confirmar y celebrar, pero al otro lado del teléfono estaba la suerte otra vez esquiva: “Helena, ese número no lo jugaste”. Por eso no le gusta jugar el chance cuando Gloria está ocupada. No se concentra. Esta vez jugó todos los números dictados menos el ganador.


Era viernes y Helena tenía en la mano el papelito con el cero sesenta y siete anotado con tinta azul. Revisó que las ventanas estuvieran cerradas, tapó las ollas, apagó la vela dorada junto a Lakhsmi, la diosa de la fortuna. Salió de la casa, cerró la puerta, se dio la bendición y caminó las cuatro cuadras empinadas que andaba todos los días para jugar el chance. Decidió jugar esta vez en el centro y mientras esperaba el bus imaginó de nuevo qué haría si por fin se ganara el premio que ha buscado durante tanto tiempo. Conocer el mar, ese era el único plan. Se subió al bus y se sentó junto a la ventana. ¿Por qué no dejarlo todo? Los hijos ya están grandes y José podría arreglárselas solo. ¿Por qué no pensar en hacer, por fin, algo por ella y para ella? Podría irse al terminal, tomar un bus hacia San Bernardo, buscar un trabajo allá, pasar las tardes mirando el mar. Podría escribir una carta para su familia y mandarla desde allá. ¿Por qué no?


Se bajó del bus en la calle de siempre. Miró las mismas vitrinas, los mismos maniquíes, la misma ropa colorida. Paró a ver unos zapatos, preguntó por ellos, cincuenta mil pesos. Siguió caminando y dos almacenes más allá encontró algo que nunca había visto: una urna de vidrio con una imagen adentro. “El Buda de Junín”, decía en un cartel escrito a mano. Era un Buda dorado, brillante, muy sonriente, sentado, como flotando, sobre una nube de billetes. “A cambio de un billete de dos mil pesos, Buda le da el número ganador”. No había nada que perder. Helena buscó en la bolsita negra que llevaba en la mano, sacó un billete, lo enrolló y lo metió en la urna. El representante de Buda, un señor vestido con una camisa blanca y una cadena dorada, le entregó un sobre pequeñito. Dentro de él había un número de cuatro cifras: cero, cero, seis, siete. De matemáticas sabía poco, pero había oído siempre la expresión del cero a la izquierda. Ella, incluso, muchas veces se sintió así.


Buscó entonces una oficina de apuestas que estuviera cerca y allá, donde nadie la conocía, jugó el mismo número que llevaba anotado en su papelito, con el cero a la izquierda que le agregó el Buda de Junín. Con los números de cuatro cifras, si se juega directo, es decir, en un solo orden, un chance paga cuatro mil quinientos pesos por cada peso apostado. La probabilidad: una entre diez mil. Helena prefería los números de tres cifras, pero este viernes era diferente. Jugó cuatro mil pesos a un número de cuatro cifras.


Se quedó en el centro hasta que fuera la hora de jugar la Lotería. Caminó entre almacenes y entró a una cafetería. Pidió una hoja y un lapicero y se sentó a escribir la carta que le enviaría a su familia si se ganaba el chance. Empezó por decirles que los quería. Luego les pidió que no la interpretaran mal y les explicó que no se iba por falta de amor, sino por el deseo de cumplir un viejo sueño. Les habló de la suerte y lo que decía el Hermano Peter sobre el dinero: que si llega es para disfrutar la vida, para gastárselo, para conocer nuevos lugares. Les pidió que no la esperaran, no dijo nada sobre su regreso y, por último, les escribió una pequeña bendición.


Cuando iba llegando la hora del sorteo se fue al edificio de la Lotería. Allá hay una ventana grande y la gente se asoma para mirar. Algunos con la esperanza de ganar, otros simplemente con la curiosidad de ver los números ganadores. Luces y cámaras de televisión, una presentadora flaca y bien maquillada, cinco columnas de madera y sobre cada una de ellas un globo de cristal lleno de balotas blancas. La suerte no es para todos, recordó Helena las palabras del español.


Helena tenía tres papelitos en la mano izquierda: el que escribió en su casa, el que recibió del Buda y el comprobante que le dieron en la oficina de apuestas. “Buenas noches apreciado público apostador, bienvenidos al sorteo cuarenta y tres cincuenta y ocho de su Lotería Ganadora—dice la presentadora mirando a la cámara—. En presencia de las autoridades empezamos el sorteo del premio mayor. Todas las balotas que juegan esta noche han sido previamente pesadas y verificadas”. Con la frente pegada al vidrio y la mano manchada por la tinta azul, Helena vio desde el andén el momento en que las balotas empezaron a saltar en las tómbolas de cristal. “Mucha atención que el número ganador es el cero, cero, seis, siete de la serie ciento ochenta y tres. Repito, el número ganador del premio mayor es el cero, cero, seis, siete de la serie ciento ochenta y tres”, dijo la mujer flaca y bien maquillada.


Algunos aplaudieron, todos se fueron, pero Helena estaba allí, sentada en un andén del centro de la ciudad, con el número ganador, por fin, el número ganador. Estuvo en silencio un rato largo, sintió ganas de llorar, pero se contuvo. El triunfo era una sensación desconocida para ella. ¿Qué hace la gente cuando gana? Miró de nuevo el papel del chance, cuadrado, blanco, ya arrugado, con esos números pequeñitos, tan difíciles de leer sin gafas. Preguntó la hora a un hombre que pasaba, tenía tiempo para reclamar su premio. Era de noche, no hacía frío ni calor, no tenía una maleta para irse de viaje ni un bolso para guardar el dinero que podía reclamar ya mismo. La suerte no es para todos, pensó por tercera vez en ese mismo día. Con la sensación de estar al fin en ese círculo selecto de los afortunados, Helena quiso que éste fuera, como había oído en la radio, el primer día del resto de su vida.


Sin pensarlo más, volvió a la oficina de apuestas de Junín y reclamó el dinero. Regresó donde su querido Buda, dorado y sonriente, enrolló un billete de veinte mil pesos y lo depositó en la urna. El almacén de zapatos estaba a punto de cerrar, pero alcanzó a comprarse los que había visto más temprano y, además, un par de sandalias. Tomó un taxi hacia el terminal de transportes. Buscó las taquillas que ofrecían viajes hacia la costa y preguntó cómo llegar a San Bernardo. Sería un viaje largo y, además, tendría que esperar dos horas hasta que saliera el próximo bus. No hay afán para quien lleva toda la vida esperando.


Helena se sentó en una cafetería de sillas anaranjadas. Pidió un café con leche y le puso dos cucharadas de azúcar. Recordó el día que llegó con José después del matrimonio. Estaba cansada, despeinada, pero contenta ser ahora una señora, una señora de diecisiete años. Tal vez ese día quería también que fuera el primer día del resto de su vida. Pensó en esa frase y su sentido, le pareció que era tonta pero ya no importaba. Estaba sola, tenía dinero en el bolsillo, un tiquete de bus que la llevaría a conocer el mar y una carta para su familia. Sacó la carta, la leyó, quiso volver a escribirla, decir algo mejor, pero ella escribía despacio y no tendría tiempo de terminarla antes de que fuera la hora de subirse al bus.


Era el momento de abordar. Helena, parada frente a la salida hacia los buses con un pasaje para San Bernardo, se vio por un momento regresando a su casa, en silencio, anotando en su cuaderno el número del día, prendiendo el fogón para calentar la comida de José.  



Octubre 16 de 2015

jueves, 4 de mayo de 2017

Una promesa muerta



Si a los veintinueve no has escrito algo que valga la pena, empiezas a ser una promesa muerta. Esa fue la frase que martilló en mi cabeza un profesor de Literatura, y que recuerdo cada vez que pienso en las personas que siguen esperando al escritor que aún no soy.

Voy en el metro, de pie, mirando a veces por la ventana. Una señora gordita busca algo en el fondo de su cartera. Un señor de corbata mira el tatuaje de una chica que tiene al frente. Una niña de trenzas despeinadas intenta sostenerse sin agarrarse de nada. Pienso por un momento en mi sobrina y la imagino con su sombrero grande y sus cachetes colorados, intentando hacer un castillo en la arena y corriendo para que las olas no la alcancen. Me pregunto si habrá extrañado a su pez, que está ahora en mi casa mientras terminan las vacaciones.

Decido bajarme en el centro. Allí la vida hierve, dicen. Compro un mango con sal. Me siento en la banca de un parque. Veo dos perros jugando, un vendedor de minutos que se hace el que no oye la conversación de su cliente, un taxista que pita en el semáforo, una mujer que llena una sopa de letras con un resaltador naranja.

Camino un poco y entro a una iglesia. Una mujer susurra el rosario ante la imagen de la Virgen del Carmen y un señor mayor, con un periódico enrollado entre sus manos, agacha la cabeza como queriendo esconder lo mojado de sus ojos. Pienso cuándo fue la última vez que lloré y me pregunto qué queda de aquel llanto. Soy un intruso en medio de tanto silencio.

Camino dos calles más y me encuentro un grupo de “harekrishnas” que lo inundan todo con su olor, sus campanas y sus mantas de color durazno. Una señora se abre paso entre ellos, caminando rápido con una radiografía en la mano. Un adolescente los mira mientras le pone guacamole a una empanada y a su lado una chica de uniforme sonríe mirando la pantalla de su celular. Han pasado dos horas y mi libreta sigue en el bolsillo. Empiezo a ser una promesa muerta.


Regreso a casa, abro la nevera, saco la olla del arroz y las gotas para los ojos. Prendo la luz de la sala y lo encuentro allí, tan pesado como nunca imaginé que podría ser, tan pálido, tumbado sobre las piedras de colores de su pecera diminuta. Me quedo mirándolo un rato. De camino al baño me detengo. Naranjito merece un funeral. Lo llevo de nuevo a la mesa donde permaneció los últimos seis días y decido que mañana lo pondré entre la tierra del cactus que está en el balcón.

Recuerdo a la niña que trataba de sostenerse en el metro, a la mujer del resaltador naranja, al señor con sus lágrimas y su periódico enrollado. Pienso en los días que pasan sin siquiera avisarnos que seguimos vivos. Miro la pecera, me detengo a ver el agua que ya no es transparente. Imagino cómo sería morir solo en mi pequeña bomba de cristal. Busco un lápiz que no tenga la punta redonda y la libreta que aún permanece en mi bolsillo. En la primera página, despacio, escribo: Un pececito ha muerto y tú aún no lo sabes. Afuera una mujer camina por el andén, jalada por su perro, y un niño cruza la calle sin mirar a los dos lados.

Febrero 13 de 2017

martes, 31 de enero de 2017

Carlos

Cuando te encuentras con Carlos ves en sus ojos la alegría. La mirada sincera de un papá orgulloso de su hijo. La sonrisa limpia de un hombre satisfecho con la vida.

Carlos es el papá de un chico de veinte años que en su adolescencia decidió tener un nuevo nombre, una vida con la que pudiera ser él mismo, sin imposiciones, sin miedos, sin la tristeza de verse en el espejo como a un extraño. 

Este chico, que al nacer fue bautizado con nombre de mujer, se llama Isaac. Siempre ha sido un hombre aunque su cuerpo dijera lo contrario, y pasó años sin comprender eso que disonaba entre sus emociones. Al entenderlo tuvo miedo. Transgénero era una palabra desconocida y larga para definirse a sí mismo. Y, además, en una sociedad que rechaza lo “distinto”, su condición sería un motivo más para juzgar y señalar.

Pero el amor fue su protección. En el abrazo sereno de Carlos, su padre, Isaac encontró el impulso para reconocerse y la compañía para hablarle al mundo. Juntos salieron del clóset, se hicieron más fuertes, se rieron de la humanidad y sus prejuicios. 

Desde entonces Carlos tiene siempre algo que decirle a otros padres: no existe razón, ninguna, para rechazar a un hijo, para dejarlo solo.

* Publicado en "Tú también has visto volar mariposas", libro de relatos de noviolencia, del proyecto Mayo por la Vida de la Alcaldía de Medellín. 2015. 
Ilustración: Mónica Betancourt
Diagramación: Carolina Salazar

El milagro de un encuentro

Es 6 de enero de 1964 y las familias argentinas celebran la fiesta de los Reyes Magos. Un chico de doce años —piel blanca, ojos claros— destapa su regalo: la primera guitarra eléctrica de su vida. Tal vez suena un tango en esa casa donde los padres de aquel único hijo son apasionados coleccionistas de discos.

La primera guitarra de cuerdas había llegado más temprano. A los cinco años su abuela le regaló “una guitarrita de una casa de música que se llamaba Casa América”. Desde entonces Gustavo Santaolalla, hoy de 63 años —piel muy blanca, ojos muy claros—, ha vivido para la música. Le gusta contar que a los nueve años su maestra renunció a enseñarle partituras con una frase contundente: “su oído es más fuerte que mi música”.

Ese chico es hoy, 2014 y desde hace varios años, uno de los hombres más importantes de la música en América. Es él quien, como productor, ha puesto en el top nombres del tamaño de Café Tacuba, Maldita Vecindad, Molotov y Juanes. Santaolalla ha “acumulado” premios, muchos —entre ellos más de veinte Grammys y dos Oscar—, que para él son, más allá de la fama y el reconocimiento, una manera de ratificar lo que hace. Si los galardones llegan será porque “realmente uno debe estar haciendo algo que conecta con la gente”. 


Más que una carrera en la música, la suya ha sido una búsqueda de caminos. Ha alcanzado tal vez más de lo que esperaba, y ahora busca que los años y el profesionalismo no se lleven eso que es vital para él: “en mi vida todavía hoy, a esta altura del partido, me resulta muy importante conservar un nivel de inocencia y esa pureza en la pasión que me hizo conectarme a la música, que vino desde que era muy chico”. Entonces le entusiasma ahora la idea de hacer conciertos con orquestas juveniles. Por eso vino a Colombia, para tocar en el concierto inaugural del Festival Medellín Vive la Música, y compartir escenario con trescientos cincuenta jóvenes de la Red de Escuelas de Música de Medellín. “Me mantiene vivo eso, estar en conexión con distintas generaciones”.

Conexión: una palabra que resuena entre las frases de Gustavo Santaolalla. 

***

A Tatiana Tirado —25 años, ojos brillantes como los de una muñequita manga— le gustan el cine y los sonidos graves. Aunque en ella siempre había estado “el hilito del arte”, fue apenas a los 22 cuando se decidió a estudiar música. Empezó “como la gente chiquita”, dice, y su proceso “ha sido atropellado”. En sólo tres años ha suspendido varias veces las clases para trabajar, y ha insistido a pesar de las opiniones de su familia donde el afán diario de la supervivencia no deja mucho tiempo ni interés para las artes. Pero también, aun estando en la edad límite, aprobó la audición para entrar a la Orquesta Sinfónica Intermedia —una de las once agrupaciones de la Red— y, con una tarjeta de crédito prestada, compró su propio contrabajo para estudiar en casa. “Cuando salía del trabajo, la escuela ya estaba cerrada”.

En Medellín hay veintisiete escuelas públicas de música por toda la ciudad, incluidos tres de los cinco corregimientos, en las cuales enseñan doscientos profesores y estudian actualmente seis mil chicos que tienen entre siete y veinticuatro años. Este programa, llamado Red de Escuelas de Música de Medellín, empezó hace dieciséis años y ha sido en este tiempo el espacio para que muchos jóvenes de todos los estratos, también de esos que llaman barrios marginales, encuentren un lugar para construir su proyecto de vida.

El de Tatiana no es el caso típico de los chicos en estas escuelas. La mayoría llegan siendo niños, acompañados por sus familias, y avanzan poco a poco en su aprendizaje, crecen en la Red. No todos hacen de la música su profesión —no es tampoco ese el propósito del programa—, pero todos consiguen allí ampliar su mirada, su oído, su relación con el mundo. Ella, por ejemplo, a punto de terminar su último año en esta escuela, tiene claro que la música cambió mucho de su vida. “Uno comienza a percibir diferente, no sólo auditivamente, sino como si se le despertaran a uno un montón de cosas por dentro. Como si se le abriera otra puertecita por allá donde uno no sabía que estaba”.

Algunos prefieren ser solistas. Tatiana, en cambio, que cree en la música como conjunción, eligió el contrabajo, un instrumento que acompaña, que soporta la armonía de las canciones. “No hay nada como tocar con otra gente, percibir esa energía del otro y estar conectado con lo que está haciendo. Creo que en el momento en que se reúne la gente para tocar, ahí hay un a conexión, un campo de energía muy importante y muy especial”.

Conexión: esa palabra que también resuena entre las frases de Tatiana Tirado. 

****

“Quizá porque son muy jóvenes, no son de una generación cercana a él, muchos de ustedes no lo conocen, salvo los que han visto películas”, les dijo Andrea Merenzon, hablando de Gustavo Santaolalla, a los chicos de la orquesta esa mañana en la sala de ensayos. Merenzon, “tercera generación de una familia consagrada a la música”, es la mujer en quien confía él para dirigir sus conciertos con orquestas jóvenes. Ya lo han hecho varias veces en Argentina, ahora en Colombia y más adelante en Brasil.

En el fondo del salón está Tatiana —ella sabe bien con quién van a tocar y le emociona—, con su figura menuda y sus ojos brillantes de muñequita manga, sentada en esa silla alta que le ayuda a tocar un instrumento tan grande como el contrabajo. Concentrada, en silencio, tal vez recordando lo que sintió el día que vio Diarios de Motocicleta, y escuchó por primera vez la música de Santaolalla en esa película con que él ganó su primer Oscar.

“No es éste el relato de hazañas impresionantes. Es un trozo de dos vidas tomadas en un momento en que cursaron juntas un determinado trecho”, dice en el cine una voz serena. Un hombre ve partir el avión que lleva a su compañero de travesía. Y al final, como si el teatro entero cerrara los ojos, la pantalla se va a negro. “Ese vagar sin rumbo por nuestra mayúscula América me ha cambiado más de lo que creí. Yo ya no soy yo, por lo menos no soy el mismo yo interior”. Una música sutil que va creciendo llena el espacio de esa sala oscura. Vuelven las imágenes: rostros quietos en blanco y negro que te miran en silencio como haciendo una pregunta. 

Tatiana recuerda que había algo profundo en esa historia. La música era “brutal” y pensó que necesitaba saber más del hombre que la compuso. Se fue a su casa a buscar, escribió el nombre de Gustavo Santaolalla en su computador y aparecieron los videos en Youtube. La canción de las escenas finales es De Ushuaia a la Quiaca, el tema que dio nombre a uno de los primeros grandes proyectos en que se embarcó Santaolalla: un viaje de dos años por toda la Argentina, con León Gieco, grabando un disco con músicos locales “por los lugares donde esa música nació”.

En esa travesía estaba Alejandra Palacios, su mujer, como ella misma se nombra. “Así fue como lo conocí. Él me contrató para este proyecto en mil nueve ochenta y cuatro, así que le vengo sacando fotos desde entonces, tengo en todo tipo de look”, dice abajo de la tarima, a punto de comenzar el ensayo final con la orquesta, una noche antes del concierto. Ella, que es fotógrafa, está con Santaolalla en Medellín “nada más de compañía”, dice, “cuando vuelva se va en un viaje largo de gira con Bajofondo a México, no voy con él, entonces aprovecho para disfrutarlo”.

Es de noche. Los chicos de la orquesta terminaron ya los ensayos con la directora, siete obras aprendidas en cuatro días, y ahora la prueba final. Tatiana tiene la cabeza recostada en el contrabajo, mirando para atrás. Ahí está Gustavo Santaolalla: sombrero, chaqueta, pantalón y zapatos deportivos, todo negro, y asomado ese collar de cuentas de madera que le regaló el Dalai Lama. Con esa sonrisa de dientes escondidos que pone un poco más de años en su cara, Santaolalla conversa con las personas que están alrededor del escenario, les pregunta a algunos chicos por qué no tocan con él y luego, como si hablara pasito con su ronroco —que es como un charango pero grave—, se lo lleva cerca de su oído y toca algunas notas.

“Disfruta mucho de todo este tipo de cosas que son distintas a hacer solamente su música y ayudar a un proyecto como el de las orquestas infantiles en toda Latinoamérica”, cuenta Alejandra explicando por qué esto es importante para Gus, como le llama ella. En primera fila, tomando fotos con una cámara pequeña, como esas de paseo, apunta para no perderse el aplauso largo con que lo reciben. Todos de pie, la mano al primer violín para saludarlo y comienzan a tocar.

El Parque de los Pies Descalzos, el lugar donde se hará el concierto, es un espacio abierto en el centro de la ciudad, en medio de avenidas transitadas. Lograr un buen sonido allí no es fácil. “No hay suficiente silencio aquí. Por ahí —dice Santaolalla señalando un amplificador— está saliendo un montón de ruido aparte de lo que estamos haciendo. Lo de nosotros es como una batalla de una música delicada contra el ruido que sale por el sistema”. 

Para Santaolalla la música no es una batalla, cree incluso que el ruido “también sirve en su momento indicado”, pero su relación con el silencio es profunda. “En la música el silencio es lo que hace que las notas sean relevantes. Una acumulación de notas solas no sirve para nada. No tocar cuando podés tocar, abstenerte y dejar que esa nota resuene, esperar hasta la próxima nota, eso es un arte. En la vida es similar: son los momentos de reflexión, de meditación, momentos donde te conectás con tu ser interno. Primero hace falta el vacío para que entonces, cuando las cosas aparezcan, sean relevantes”.

Y en esa conjunción de notas y silencios que es la música, está Tatiana siguiendo sus partituras. “Algo que me parece muy bonito es que, a pesar de que ahí está la directora dando las entradas, es cuestión de escucharlo a él y dejarse llevar —dice— porque él, con los movimientos del cuerpo y la cabeza, es como si dijera ‘ustedes van acá’. Incluso cuando manda las notas uno ya sabe: aquí voy”.

El ensayo termina de la misma forma que lo hará el concierto: Santaolalla dirige y también canta el estribillo de Colombia tierra querida. “Vamos a pasarla bien mañana”, les dice a los chicos de la orquesta antes de dejar el escenario. “Es importantísimo lo que están haciendo, me encanta la pasión que tienen. Es genial que ya sepan leer y escribir música, algo que yo nunca aprendí y que realmente admiro mucho de ustedes. La música me ha dado la posibilidad de andar por todo el mundo, de conocer muchísima gente, de viajar por muchos lugares, es un lenguaje universal que nos une a todos. Quería decirles eso, que ustedes a mi me dejan muchísimo y me siento muy motivado de tocar con ustedes, así que muchísimas gracias a todos”.

Mientas tanto, una idea fija en la cabeza de Tatiana: “no se puede ir sin firmarme el contrabajo”. Consiguió un marcador prestado y ella, que a veces llega tarde, logró tomarlo del brazo antes de que empezara a bajar las escaleras. “Venga por favor y me firma”, dice que le dijo. Todas las miradas puestas ahí y algunas cámaras que tomaron las fotos que ella no tendrá. Desde ese momento, el contrabajo que Tatiana lleva siempre a los conciertos, —el suyo, el que cada vez suena mejor porque “con el tiempo la madera lo va volviendo más rico sonoramente”—, tiene en una de sus bandas laterales cuatro huellas de ese encuentro: una firma pequeña e ilegible y tres dibujos hechos con un trazo infantil: un corazón, una flor y el símbolo de la paz que se hizo popular en los sesenta.

Al bajar lo espera Alejandra. “Te conseguimos la pijama”, le dice a Gustavo, “sentimos mucho frío anoche en el hotel”. 

***

Hay días que simplemente pasan, que transcurren de la mañana a la noche sin hacer ruido. La vida es eso y también los días que se marcan en los calendarios, que primero se esperan y después, cuando pasan, no se olvidan. El 8 de octubre del 2014 fue para Tatiana uno de estos. Tal vez al levantarse se acordó de su contrabajo firmado, tal vez sintió frío, tal vez pensó "ojalá no llueva esta noche".

La camiseta que le dieron en la orquesta, partituras y una pañoleta azul amarrada como un lazo en la cabeza. Todo listo para salir pasado el mediodía y, como siempre, al aire esas palabras repetidas: "pa, acuérdese que hoy hay concierto por si quiere ir". Nunca va, lo sabe, pero a ella le gusta insistir.

Hace poco escampó. A pesar de los pronósticos que anuncian probabilidad de lluvia —y las nubes grises que la confirman—, la gente está comenzando a llegar. En el Parque de los Pies Descalzos también está todo listo: tres tarimas para las orquestas, la de tango, la de músicas populares y la sinfónica intermedia que, junto al coro juvenil, tocan esa noche; 285 metros cuadrados y 350 músicos en escena; las luces, las pantallas, “nunca había estado en un montaje tan grande”, dice Tatiana.

Después de las canciones que interpretaron las orquestas con los directores locales, el maestro de ceremonias anuncia a Andrea Merenzon. Mientras tanto la escena se repite: Tatiana tiene la cabeza recostada en el contrabajo, mirando para atrás. Ahí está Gustavo Santaolalla: sombrero, chaqueta, pantalón y zapatos deportivos, todo negro, y asomado ese collar de cuentas de madera que le regaló el Dalai Lama y que siempre lleva puesto. Antes de subir, el abrazo de Alejandra; y después, el aplauso.

Ahí está Santaolalla con su música delicada, acompañado por una orquesta joven que lleva puestas camisetas de colores. El sonido: “increíble; de las veces que he tocado con orquestas así de chicos, fue la mejor vez”. En la pantalla del fondo un primer plano de Tatiana tocando el contrabajo. “En ese momento me sentía como en un cajoncito así chiquito —dice señalando un espacio diminuto con sus manos—. La expectativa mía era tocar, ver qué pasaba en ese momento cuando tocábamos; fue muy único, no sé cómo expresarlo”.

“El tiempo te va martillando”, había dicho Tatiana antes del concierto. Ella, que a veces piensa que llegó tarde a la música, siente que este concierto le ha devuelto la fe. “Este tipo de cosas que pasan reafirman, es como si me dijeran ‘no tengás tanto miedo que se puede hacer’. Como si lo cogieran a uno de un hilito, lo levantaran y le dijeran ‘por acá es, no tiene pierde’”. 

En el público, por primera vez, está el papá de Tatiana. Y lo que ocurre en ese momento es, para ella, “de esas cosas que le pasan a uno y que eternamente va a recordar”. El sonido sutil de aquel charango grave, una señal con la cabeza y la orquesta que va entrando bajito. Ahí encuentra ella, de nuevo, una conexión: está en la misma tarima, tocando De Ushuaia a la Quiaca con Santaolalla, la canción que hace unos años, viendo Diarios de Motocicleta, le había hablado “de libertad y nostalgia a la vez”. 

Conexión: una palabra que resuena en ese lugar de encuentro. La conjunción de los silencios y los acordes graves de un contrabajo y un ronroco. Ese lugar invisible creado por la música que comparten un hombre de piel blanca y ojos claros y una joven con ojos de muñequita manga. La fantasía de la música, el milagro del encuentro. 

Está comenzando a llover y es el fin de esta historia. Podemos todos cerrar los ojos y escuchar de nuevo la voz serena de aquel cine: “No es éste el relato de hazañas impresionantes. Es un trozo de dos vidas tomadas en un momento en que cursaron juntas un determinado trecho”.

* Escrito en octubre de 2014