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martes, 31 de enero de 2017

Un niño es el mundo entero

Mis abuelos nacieron en Siria. Llegaron a Colombia después de un viaje largo. Tan largo como atravesar en barco el Atlántico entero, después de haber cruzado también el Mediterráneo. No sabría decir cuántas personas venían en ese barco, pero sé, por ejemplo, que si alguien moría en el trayecto algo no tan improbable en épocas de pestes debía ser arrojado al mar por el riesgo obvio que implicaba transportar un cadáver sin las condiciones indicadas.

Pero mis abuelos no murieron cruzando el océano y llegaron a Colombia en 1923. Se llamaban Chamsi, ella, y Tufic, él, y salieron de Siria buscando abandonar la pobreza que había dejado la guerra. Huían también del miedo: no era una vida fácil para una familia de católicos ortodoxos en un país de mayoría musulmana.

Una vez pisaron América, se embarcaron de nuevo por el río Magdalena hasta llegar a Cartago, un pueblo ubicado en el interior, al occidente de Colombia, que prometía prosperidad y un clima agradable para los venidos de afuera. Allí no eran los únicos. Ya los esperaban algunos familiares que se habían adelantado en la travesía, junto a otros sirios y libaneses, pocos, que ya formaban algo parecido a una colonia.

En Cartago en Colombia hicieron una vida. Una casa con solar, un almacén de telas, una máquina de coser, un idioma diferente, siete hijos colombianos y los nuevos amigos que poco a poco se fueron haciendo más amigos. De esos del alma, de los que aparecen en las fotos, de los que todavía se recuerdan aunque los abuelos ya no vivan.

La historia podría ser más larga, con detalles. Podría contar cómo fue el viaje, cómo se adaptaron, cómo cambiaron sus nombres para que los colombianos pudieran pronunciarlos. Podría contar cómo mi abuelo seguía escribiendo poemas en su idioma e intercambiaba sus escritos con los de un sirio ciego, que usaba una pequeña regla para ir enrollando el papel y no perder las líneas, pero no voy a hacerlo.

Lo que voy a decir es que mis abuelos y las personas que venían con ellos no se hundieron en un barco en la mitad de su intento por darle dignidad a sus vidas. No encontraron mallas ni muros ni hombres armados que les impidieran el paso. No murieron encerrados en un camión. No fueron expulsados ni humillados. Ellos, salidos de la misma Siria que hoy sigue siendo destruida, no conocieron el horror que ahora encierra la palabra frontera. Porvenir era lo único que traían en su viaje.


Un niño es el mundo entero, dice el titular que acompaña una de las imágenes que más me ha sacudido en la vida: un niño muerto al lado del mar. Un niño sirio muerto al lado del mar, encallado, después de naufragar. Cómo no pensar, después de verlo, que yo también soy hija de la migración. Cómo no pensar, después de verlo, que el mundo entero es hijo de las migraciones. Cómo no pensar, después de verlo, que sí, que un niño es el mundo entero.

*Escrito el 4 de septiembre de 2015
Ilustración: Lina Rada

Fabiola


En ese canto fino del sirirí escuchas aguda su insistencia. 
Es el mismo canto que repite siempre, como sin cansarse de llamar, como esperando al otro que ya viene, marcándole el camino de regreso.

Oyes cantar al sirirí y te preguntas entonces a quién llama. Quisieras saber si su canto llega a tiempo, si al otro lado del sonido alguien reconoce su voz.

Desde niña, Fabiola ha sido como un sirirí. Eso le decía su padre al escuchar su insistente por qué. Nunca renunció a encontrar una respuesta, como no lo hizo tampoco ante el Estado, cuando en 1984 comenzó a esperar el regreso truncado de su hijo. A falta de despedida, quedó en ella sólo una plegaria eterna en busca de certezas. 

¿Qué sentirá la mamá de un muchacho desaparecido? Le había dicho alguna vez Fabiola a Luis Eduardo. Y al comprender que ya no llegaría el abrazo del encuentro, decidió entonces que en su vida no habría tiempo para el olvido.

Fabiola ha gastado tantos años buscando justicia por su hijo, que ahora no quiere recordar cuántos ha vivido. Pero la suya sigue siendo la voz de la firmeza, de la resistencia, del amor de una madre que no abandona. La voz del sirirí que no se apaga.

Oyes cantar al sirirí y te preguntas cómo cabe tanta fuerza en ese pecho pequeñito. 

Oyes la voz de Fabiola y te preguntas cómo, en ese corazón tal vez cansado, cabe tanto amor que no se rinde. 

* Publicado en el libro "Tú también has visto volar mariposas", del proyecto Mayo por la Vida de la Alcaldía de Medellín.
Ilustración: Mónica Betancourt
Diagramación: Carolina Salazar

Mirar de la vida profunda

“Si entiendo que lo que está sucediendo allá, en algún lugar de este país, me afecta a mi y me está sucediendo también a mi, entonces mi trabajo es un acto de solidaridad, un acto de amor por la vida”.


Mirar la vida y fotografiarla, allí donde la muerte se ha ensañado, ha sido durante veinticinco años el trabajo respetuoso y honesto de Jesús Abad Colorado. Sus fotografías, dice, son la sumatoria de muchos aprendizajes que le ha entregado la vida, desde su historia familiar hasta cada uno de los encuentros que ha tenido con las víctimas del conflicto armado colombiano. Con ellas ha caminado y ha sentido la tristeza. De ellas se ha despedido muchas veces y hacia ellas ha regresado, siempre, para reconocer las cicatrices de la guerra y también para entender cómo renace la vida aún después de las tragedias.

Jesús Abad Colorado ha documentado el dolor de la guerra, pero siempre ha buscado encontrar allí también “la vida, la esperanza, la sonrisa, el abrazo solidario, las manos que se juntan en medio del dolor”, dice. Sus fotografías son documentos históricos más que periodísticos. Son el retrato de un país que pocos han mirado con tal detenimiento y con tanta cercanía, que revelan detalles íntimos de aquellos que han sufrido la guerra dentro y fuera de cualquier bando. 

Para este fotoperiodista colombiano, “el enemigo es la guerra” y al país le hace falta comprender que, si el valor de la vida es el primero, toda muerte vale por igual. “Debería dolernos cuando muere un guerrillero, no deberíamos aplaudirlo. Cuando muere un soldado nos debería doler a todos, como sucedió con los últimos que murieron en el Cauca. Pero este país es muy mezquino y a veces celebra algunos muertos. No entendemos que, cuando al otro lado mueren campesinos que terminaron empuñando las armas, independientemente de para quién las empuñen, nos estamos muriendo un poco también nosotros”.

Mirar de la vida profunda es el nombre del libro de Jesús Abad Colorado, editado en Bogotá por Paralelo 10, que Mayo por la Vida presenta este martes 5 de mayo en el Museo de Arte Moderno de Medellín. “Es un libro bastante sobrecogedor —dice el fotógrafo— porque nos está hablando de muchas de esas pérdidas que hemos tenido, que no solamente están representadas en las vidas de las personas porque la vida es algo mucho más amplio. Por ejemplo, hay capítulo dedicado solamente a la naturaleza que también ha sido víctima de esta guerra infame”. 

A lo largo de seis capítulos, el libro de Abad Colorado muestra fotografías de los actores armados, los rostros del dolor, los éxodos y desplazamientos, las infraestructuras destrozadas, la naturaleza devastada y la resistencia de las personas que se niegan a sucumbir a la tragedia. 


Mirar de la vida profunda es una invitación a la memoria, una posibilidad de “mirarnos en el espejo roto de lo que ha sido la guerra en Colombia y descubrir que como sociedad también tenemos culpa así nunca hayamos empuñado un arma”. Pero también es un llamado a la esperanza. “Yo creo que esta sociedad colombiana no ha sucumbido gracias a la tenacidad y resistencia de hombres y mujeres que tienen dignidad; que se casan aún en medio de los escombros; que vuelven a sembrar en el mismo lugar donde también tuvieron que recoger a sus muertos —dice—. En medio de esas tragedias los niños corren y sonríen ante la cámara de un reportero gráfico. Ahí donde a veces están deambulando los actores armados, las mariposas siguen volando y uno tiene que aprender a enamorarse de ese pequeño acto de vida”.

* Escrito el 5 de mayo de 2015 para el proyecto Mayo por la Vida de la Alcaldía de Medellín.
Fotografía: Sergio González

El milagro de un encuentro

Es 6 de enero de 1964 y las familias argentinas celebran la fiesta de los Reyes Magos. Un chico de doce años —piel blanca, ojos claros— destapa su regalo: la primera guitarra eléctrica de su vida. Tal vez suena un tango en esa casa donde los padres de aquel único hijo son apasionados coleccionistas de discos.

La primera guitarra de cuerdas había llegado más temprano. A los cinco años su abuela le regaló “una guitarrita de una casa de música que se llamaba Casa América”. Desde entonces Gustavo Santaolalla, hoy de 63 años —piel muy blanca, ojos muy claros—, ha vivido para la música. Le gusta contar que a los nueve años su maestra renunció a enseñarle partituras con una frase contundente: “su oído es más fuerte que mi música”.

Ese chico es hoy, 2014 y desde hace varios años, uno de los hombres más importantes de la música en América. Es él quien, como productor, ha puesto en el top nombres del tamaño de Café Tacuba, Maldita Vecindad, Molotov y Juanes. Santaolalla ha “acumulado” premios, muchos —entre ellos más de veinte Grammys y dos Oscar—, que para él son, más allá de la fama y el reconocimiento, una manera de ratificar lo que hace. Si los galardones llegan será porque “realmente uno debe estar haciendo algo que conecta con la gente”. 


Más que una carrera en la música, la suya ha sido una búsqueda de caminos. Ha alcanzado tal vez más de lo que esperaba, y ahora busca que los años y el profesionalismo no se lleven eso que es vital para él: “en mi vida todavía hoy, a esta altura del partido, me resulta muy importante conservar un nivel de inocencia y esa pureza en la pasión que me hizo conectarme a la música, que vino desde que era muy chico”. Entonces le entusiasma ahora la idea de hacer conciertos con orquestas juveniles. Por eso vino a Colombia, para tocar en el concierto inaugural del Festival Medellín Vive la Música, y compartir escenario con trescientos cincuenta jóvenes de la Red de Escuelas de Música de Medellín. “Me mantiene vivo eso, estar en conexión con distintas generaciones”.

Conexión: una palabra que resuena entre las frases de Gustavo Santaolalla. 

***

A Tatiana Tirado —25 años, ojos brillantes como los de una muñequita manga— le gustan el cine y los sonidos graves. Aunque en ella siempre había estado “el hilito del arte”, fue apenas a los 22 cuando se decidió a estudiar música. Empezó “como la gente chiquita”, dice, y su proceso “ha sido atropellado”. En sólo tres años ha suspendido varias veces las clases para trabajar, y ha insistido a pesar de las opiniones de su familia donde el afán diario de la supervivencia no deja mucho tiempo ni interés para las artes. Pero también, aun estando en la edad límite, aprobó la audición para entrar a la Orquesta Sinfónica Intermedia —una de las once agrupaciones de la Red— y, con una tarjeta de crédito prestada, compró su propio contrabajo para estudiar en casa. “Cuando salía del trabajo, la escuela ya estaba cerrada”.

En Medellín hay veintisiete escuelas públicas de música por toda la ciudad, incluidos tres de los cinco corregimientos, en las cuales enseñan doscientos profesores y estudian actualmente seis mil chicos que tienen entre siete y veinticuatro años. Este programa, llamado Red de Escuelas de Música de Medellín, empezó hace dieciséis años y ha sido en este tiempo el espacio para que muchos jóvenes de todos los estratos, también de esos que llaman barrios marginales, encuentren un lugar para construir su proyecto de vida.

El de Tatiana no es el caso típico de los chicos en estas escuelas. La mayoría llegan siendo niños, acompañados por sus familias, y avanzan poco a poco en su aprendizaje, crecen en la Red. No todos hacen de la música su profesión —no es tampoco ese el propósito del programa—, pero todos consiguen allí ampliar su mirada, su oído, su relación con el mundo. Ella, por ejemplo, a punto de terminar su último año en esta escuela, tiene claro que la música cambió mucho de su vida. “Uno comienza a percibir diferente, no sólo auditivamente, sino como si se le despertaran a uno un montón de cosas por dentro. Como si se le abriera otra puertecita por allá donde uno no sabía que estaba”.

Algunos prefieren ser solistas. Tatiana, en cambio, que cree en la música como conjunción, eligió el contrabajo, un instrumento que acompaña, que soporta la armonía de las canciones. “No hay nada como tocar con otra gente, percibir esa energía del otro y estar conectado con lo que está haciendo. Creo que en el momento en que se reúne la gente para tocar, ahí hay un a conexión, un campo de energía muy importante y muy especial”.

Conexión: esa palabra que también resuena entre las frases de Tatiana Tirado. 

****

“Quizá porque son muy jóvenes, no son de una generación cercana a él, muchos de ustedes no lo conocen, salvo los que han visto películas”, les dijo Andrea Merenzon, hablando de Gustavo Santaolalla, a los chicos de la orquesta esa mañana en la sala de ensayos. Merenzon, “tercera generación de una familia consagrada a la música”, es la mujer en quien confía él para dirigir sus conciertos con orquestas jóvenes. Ya lo han hecho varias veces en Argentina, ahora en Colombia y más adelante en Brasil.

En el fondo del salón está Tatiana —ella sabe bien con quién van a tocar y le emociona—, con su figura menuda y sus ojos brillantes de muñequita manga, sentada en esa silla alta que le ayuda a tocar un instrumento tan grande como el contrabajo. Concentrada, en silencio, tal vez recordando lo que sintió el día que vio Diarios de Motocicleta, y escuchó por primera vez la música de Santaolalla en esa película con que él ganó su primer Oscar.

“No es éste el relato de hazañas impresionantes. Es un trozo de dos vidas tomadas en un momento en que cursaron juntas un determinado trecho”, dice en el cine una voz serena. Un hombre ve partir el avión que lleva a su compañero de travesía. Y al final, como si el teatro entero cerrara los ojos, la pantalla se va a negro. “Ese vagar sin rumbo por nuestra mayúscula América me ha cambiado más de lo que creí. Yo ya no soy yo, por lo menos no soy el mismo yo interior”. Una música sutil que va creciendo llena el espacio de esa sala oscura. Vuelven las imágenes: rostros quietos en blanco y negro que te miran en silencio como haciendo una pregunta. 

Tatiana recuerda que había algo profundo en esa historia. La música era “brutal” y pensó que necesitaba saber más del hombre que la compuso. Se fue a su casa a buscar, escribió el nombre de Gustavo Santaolalla en su computador y aparecieron los videos en Youtube. La canción de las escenas finales es De Ushuaia a la Quiaca, el tema que dio nombre a uno de los primeros grandes proyectos en que se embarcó Santaolalla: un viaje de dos años por toda la Argentina, con León Gieco, grabando un disco con músicos locales “por los lugares donde esa música nació”.

En esa travesía estaba Alejandra Palacios, su mujer, como ella misma se nombra. “Así fue como lo conocí. Él me contrató para este proyecto en mil nueve ochenta y cuatro, así que le vengo sacando fotos desde entonces, tengo en todo tipo de look”, dice abajo de la tarima, a punto de comenzar el ensayo final con la orquesta, una noche antes del concierto. Ella, que es fotógrafa, está con Santaolalla en Medellín “nada más de compañía”, dice, “cuando vuelva se va en un viaje largo de gira con Bajofondo a México, no voy con él, entonces aprovecho para disfrutarlo”.

Es de noche. Los chicos de la orquesta terminaron ya los ensayos con la directora, siete obras aprendidas en cuatro días, y ahora la prueba final. Tatiana tiene la cabeza recostada en el contrabajo, mirando para atrás. Ahí está Gustavo Santaolalla: sombrero, chaqueta, pantalón y zapatos deportivos, todo negro, y asomado ese collar de cuentas de madera que le regaló el Dalai Lama. Con esa sonrisa de dientes escondidos que pone un poco más de años en su cara, Santaolalla conversa con las personas que están alrededor del escenario, les pregunta a algunos chicos por qué no tocan con él y luego, como si hablara pasito con su ronroco —que es como un charango pero grave—, se lo lleva cerca de su oído y toca algunas notas.

“Disfruta mucho de todo este tipo de cosas que son distintas a hacer solamente su música y ayudar a un proyecto como el de las orquestas infantiles en toda Latinoamérica”, cuenta Alejandra explicando por qué esto es importante para Gus, como le llama ella. En primera fila, tomando fotos con una cámara pequeña, como esas de paseo, apunta para no perderse el aplauso largo con que lo reciben. Todos de pie, la mano al primer violín para saludarlo y comienzan a tocar.

El Parque de los Pies Descalzos, el lugar donde se hará el concierto, es un espacio abierto en el centro de la ciudad, en medio de avenidas transitadas. Lograr un buen sonido allí no es fácil. “No hay suficiente silencio aquí. Por ahí —dice Santaolalla señalando un amplificador— está saliendo un montón de ruido aparte de lo que estamos haciendo. Lo de nosotros es como una batalla de una música delicada contra el ruido que sale por el sistema”. 

Para Santaolalla la música no es una batalla, cree incluso que el ruido “también sirve en su momento indicado”, pero su relación con el silencio es profunda. “En la música el silencio es lo que hace que las notas sean relevantes. Una acumulación de notas solas no sirve para nada. No tocar cuando podés tocar, abstenerte y dejar que esa nota resuene, esperar hasta la próxima nota, eso es un arte. En la vida es similar: son los momentos de reflexión, de meditación, momentos donde te conectás con tu ser interno. Primero hace falta el vacío para que entonces, cuando las cosas aparezcan, sean relevantes”.

Y en esa conjunción de notas y silencios que es la música, está Tatiana siguiendo sus partituras. “Algo que me parece muy bonito es que, a pesar de que ahí está la directora dando las entradas, es cuestión de escucharlo a él y dejarse llevar —dice— porque él, con los movimientos del cuerpo y la cabeza, es como si dijera ‘ustedes van acá’. Incluso cuando manda las notas uno ya sabe: aquí voy”.

El ensayo termina de la misma forma que lo hará el concierto: Santaolalla dirige y también canta el estribillo de Colombia tierra querida. “Vamos a pasarla bien mañana”, les dice a los chicos de la orquesta antes de dejar el escenario. “Es importantísimo lo que están haciendo, me encanta la pasión que tienen. Es genial que ya sepan leer y escribir música, algo que yo nunca aprendí y que realmente admiro mucho de ustedes. La música me ha dado la posibilidad de andar por todo el mundo, de conocer muchísima gente, de viajar por muchos lugares, es un lenguaje universal que nos une a todos. Quería decirles eso, que ustedes a mi me dejan muchísimo y me siento muy motivado de tocar con ustedes, así que muchísimas gracias a todos”.

Mientas tanto, una idea fija en la cabeza de Tatiana: “no se puede ir sin firmarme el contrabajo”. Consiguió un marcador prestado y ella, que a veces llega tarde, logró tomarlo del brazo antes de que empezara a bajar las escaleras. “Venga por favor y me firma”, dice que le dijo. Todas las miradas puestas ahí y algunas cámaras que tomaron las fotos que ella no tendrá. Desde ese momento, el contrabajo que Tatiana lleva siempre a los conciertos, —el suyo, el que cada vez suena mejor porque “con el tiempo la madera lo va volviendo más rico sonoramente”—, tiene en una de sus bandas laterales cuatro huellas de ese encuentro: una firma pequeña e ilegible y tres dibujos hechos con un trazo infantil: un corazón, una flor y el símbolo de la paz que se hizo popular en los sesenta.

Al bajar lo espera Alejandra. “Te conseguimos la pijama”, le dice a Gustavo, “sentimos mucho frío anoche en el hotel”. 

***

Hay días que simplemente pasan, que transcurren de la mañana a la noche sin hacer ruido. La vida es eso y también los días que se marcan en los calendarios, que primero se esperan y después, cuando pasan, no se olvidan. El 8 de octubre del 2014 fue para Tatiana uno de estos. Tal vez al levantarse se acordó de su contrabajo firmado, tal vez sintió frío, tal vez pensó "ojalá no llueva esta noche".

La camiseta que le dieron en la orquesta, partituras y una pañoleta azul amarrada como un lazo en la cabeza. Todo listo para salir pasado el mediodía y, como siempre, al aire esas palabras repetidas: "pa, acuérdese que hoy hay concierto por si quiere ir". Nunca va, lo sabe, pero a ella le gusta insistir.

Hace poco escampó. A pesar de los pronósticos que anuncian probabilidad de lluvia —y las nubes grises que la confirman—, la gente está comenzando a llegar. En el Parque de los Pies Descalzos también está todo listo: tres tarimas para las orquestas, la de tango, la de músicas populares y la sinfónica intermedia que, junto al coro juvenil, tocan esa noche; 285 metros cuadrados y 350 músicos en escena; las luces, las pantallas, “nunca había estado en un montaje tan grande”, dice Tatiana.

Después de las canciones que interpretaron las orquestas con los directores locales, el maestro de ceremonias anuncia a Andrea Merenzon. Mientras tanto la escena se repite: Tatiana tiene la cabeza recostada en el contrabajo, mirando para atrás. Ahí está Gustavo Santaolalla: sombrero, chaqueta, pantalón y zapatos deportivos, todo negro, y asomado ese collar de cuentas de madera que le regaló el Dalai Lama y que siempre lleva puesto. Antes de subir, el abrazo de Alejandra; y después, el aplauso.

Ahí está Santaolalla con su música delicada, acompañado por una orquesta joven que lleva puestas camisetas de colores. El sonido: “increíble; de las veces que he tocado con orquestas así de chicos, fue la mejor vez”. En la pantalla del fondo un primer plano de Tatiana tocando el contrabajo. “En ese momento me sentía como en un cajoncito así chiquito —dice señalando un espacio diminuto con sus manos—. La expectativa mía era tocar, ver qué pasaba en ese momento cuando tocábamos; fue muy único, no sé cómo expresarlo”.

“El tiempo te va martillando”, había dicho Tatiana antes del concierto. Ella, que a veces piensa que llegó tarde a la música, siente que este concierto le ha devuelto la fe. “Este tipo de cosas que pasan reafirman, es como si me dijeran ‘no tengás tanto miedo que se puede hacer’. Como si lo cogieran a uno de un hilito, lo levantaran y le dijeran ‘por acá es, no tiene pierde’”. 

En el público, por primera vez, está el papá de Tatiana. Y lo que ocurre en ese momento es, para ella, “de esas cosas que le pasan a uno y que eternamente va a recordar”. El sonido sutil de aquel charango grave, una señal con la cabeza y la orquesta que va entrando bajito. Ahí encuentra ella, de nuevo, una conexión: está en la misma tarima, tocando De Ushuaia a la Quiaca con Santaolalla, la canción que hace unos años, viendo Diarios de Motocicleta, le había hablado “de libertad y nostalgia a la vez”. 

Conexión: una palabra que resuena en ese lugar de encuentro. La conjunción de los silencios y los acordes graves de un contrabajo y un ronroco. Ese lugar invisible creado por la música que comparten un hombre de piel blanca y ojos claros y una joven con ojos de muñequita manga. La fantasía de la música, el milagro del encuentro. 

Está comenzando a llover y es el fin de esta historia. Podemos todos cerrar los ojos y escuchar de nuevo la voz serena de aquel cine: “No es éste el relato de hazañas impresionantes. Es un trozo de dos vidas tomadas en un momento en que cursaron juntas un determinado trecho”.

* Escrito en octubre de 2014